Llamadas telefónicas desde habitaciones vacías, apariciones fantasmales, ruidos de cadenas o balanceos de lámparas. Esa es la carta de presentación más espiritual del Castillo del Buen Amor, una fortificación, donde muchos quieren ver misterios del más allá para colgarle el cartel de “castillo encantado”, sin ser conscientes de que su principal encanto reside en el hecho de que un huésped pueda viajar en el tiempo y sentirse durante su estancia como un auténtico rey.

Esta fortaleza se encuentra en Villanueva de Cañedo, en el término municipal de Topas (Salamanca), al que se llega después de tomar la salida 322 de la autovía de la Plata. Si bien es cierto, el castillo –como cualquier otro- guarda sus propias leyendas e historias de amor. De ahí, que su nombre cambiase en el siglo XV de Castillo Villanueva de Cañedo o Castillo de Fonseca al actual, al convertirse en propiedad del arzobispo de Santiago, don Alonso de Fonseca, y su amante, doña María de Ulloa. No obstante, estudios recientes han descubierto que esta primera hipótesis no es del todo acertada: fue el obispo de Cuenca, Ávila y Osma, del mismo nombre, el habitante de esta romántica morada. Eso sí, junto a su amante, Teresa de las Cuevas y los cuatro hijos de una relación nada bien vista en aquella época.

DSC_1396Construido en el siglo XV sobre los restos de un castillo anterior que podría remontarse al siglo XI, perteneció, en un principio, al duque de Alba, que lo donó en 1475 a los futuros Reyes Católicos. Durante cinco siglos, el Castillo del Buen Amor fue pasando de mano en mano y sufriendo el deterioro y el castigo un tiempo que a veces no perdona. En 1931 fue declarado Monumentos Artístico Histórico, siendo su cometido principal el de almacén agrícola.

Un hotel de lujo

En 1958 pasa a ser propiedad de la familia Fernández de Trocóniz, que inicia la reforma y recuperación del fortaleza para convertirlo en una segunda residencia. En 2003, la familia lo convierte en un hotel de lujo con 41 habitaciones.

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En la actualidad, el establecimiento invita a dar paseo por un laberinto francés o a tomar una copa de vino en la Torre del Homenaje. Lujo y tranquilidad se funden en una habitación con terraza privada o habitaciones abovedadas con escaleras que conducen a las torres del castillo. Con la reforma también desaparecieron los pasadizos propios de estas construcciones, pero si se mantuvieron antigüedades –especialmente muebles de distintos siglos-, una gran chimenea medieval o una biblioteca digna de visitar.

En verano, se puede disfrutar de la piscina o incluso de una buena lectura en cualquier de sus torres; pero en invierno, la soledad y la niebla que envuelve este castillo alimenta las leyendas y sucesos extraños de las que sólo, los más escépticos, consiguen escapar.

 

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